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DOMINGUEZ, ARNICHES, TORROJA...Y LA ARQUITECTURA DE EXTRAMUROS

Hay en Madrid dos ámbitos, dos urbanizaciones, distinguidas entre otras mil, por la ejemplaridad, inmutable en el tiempo y en el modo, de su arquitectura. Ambas fueron meditadas y erigidas como aledaños de los nuevos tiempos (¡tiempos nuevos del G.A.T.E.P.A.C., del Racionalismo, de la vanguardia asimilada y traducida en ladrillo u hormigón...!) y ambas perduran en el lugar genuino de su nacimiento, delatando, por sí mismas, el arbitrio posterior, la confusión babélica, el fárrago de la arquitectura próxima o circunstante, el desconcierto de paralelepípedos y más paralelepípedos, alzados, si no tambaleantes, sobre la usura del suelo: la Ciudad Universitaria y la Colonia del Viso o, más bien, aquel polígono ideal que arranca de la confluencia de Serrano con María de Molina y concluye con el último de los ríos (el Genil) que bautizan y hacen navegable el tránsito de un prototípico núcleo residencial. Una y otra responden al concepto liberador de la arquitectura de extramuros: la Ciudad Universitaria lo es en sentido estricto, y el otro sector, perfectamente delimitable, lo fue en sus días y, aún constreñido, en los nuestros, por el cerco opresor, tiene algo de oasis, de respiro, de amables afueras... Una y otra (pese a los desmanes sucesivos) sorprenden la atención del transeúnte, estimulan el sosiego de la contemplación o del reposo. Una y otra traen a la memoria el dictado de una nómina gloriosa, entrañable, ejemplar, aunque truncada prematuramente su vigencia por las consecuencias dolorosas de la guerra civil: Zuazo, Sánchez Arcas, Aizpúrua, Bergamin, Lacasa,Torreja, Arniches, Domínguez... La revisión, emprendida hoy por NUEVA FORMA en torno a la obra del último, vinculada inmediatamente su nombre a los de Arniches y Torroja (asiduos compañeros de viaje) y reverdece, una vez más, la pervivencia de los otros en el concierto de la nueva ciudad que ellos proyectaron e hicieron realidad incipiente, a extramuros de la ciudad conclusa.

Todos y cada uno de estos inolvidables arquitectos supieron edificar el orden de la ciudad renovada, a tenor, entre otras, de estas dos virtudes: la expansión extramuros y la obediencia a la escala preestablecida, dictada por la intrínseca manera de ser, por la configuración urbana preexistente. Por lo que hace a la primera, no anduvieron menguados de previsión los arquitectos citados y otros muchos por citar: idearon y asentaron el cimiento de la nueva ciudad, lejos de la antigua, como una pausa o interdistancia a favor (campo abierto, parque y jardín) de las atmósferas saludables. ¿A qué pudo obedecer, sino a sabia y generosa previsión, su propósito decidido (hoy fatalmente rebasado) de trasladar la ciudad allende su perímetro, en tiempos que no procuraban acuciantes problemas ecológicos, encabezados por la complejidad del tráfico? Es curioso, al respecto y llevando más lejos la cuestión, comprobar que las únicas arterias hoy viables en la capital de España, son precisamente aquellas (Velázquez, General Mola..) que se trazaron en edad harto ajena a insolubles agobios de circulación o a la simple y vital necesidad del respiro colectivo... o aquellas otras vías (sea ejemplo la Ciudad Lineal) que aún ofrecen la verosimilitud de un cordón circunvalatorio. Martín Domínguez y, con él, Arniches y Torroja ejemplifican a las claras este propósito previsor de distender la noción de lo habitable de acuerdo con el sentido de nuestro tiempo y de una concepción humano-vital, como la nuestra, que traslada la convivencia y la comunicación a ámbitos más distantes y abiertos que el antiguo corazón del ágora, del foro, de la plaza pública. Ha sido, concretamente, su nombre el que ha venido a suscitar en nuestra pluma, el tema de la arquitectura de extramuros; porque a él y a sus fieles compañeros de viaje, se debe el ejemplo más preclaro de dicha concepción arquitectónica, en posesión, además, de otras virtudes que luego nos será dado comentar: el Hipódromo de la Zarzuela.

La Ciudad Universitaria y la Colonia del Viso (entendida ésta como culminación del antedicho polígono que alberga, entre otros, el conjunto de residencias y dependencias del Consejo de Investigaciones), han sido presa de la invasión, de una avalancha sin freno. La primera, pese al desacierto arquitectónico de muchas construcciones y reconstrucciones, consumadas en su confín, tras la posguerra, aún conservaría su cualidad excepcional de conjunto urbanístico, aislado del bullicio callejero y abierto a la expansión del campus, de acuerdo con la tradición académica, si una incoherencia red viaria (cuya columna vertebral es la carretera más frecuentada en el acceso y tránsito a Madrid y de Madrid) no escindiera diametralmente la génesis del proyecto original y el ciclo de su ideal ordenación. En cuanto al otro sector, culminado, según decíamos, en la Colonia del Viso. ¿quién negará que mantiene, frente al cerco amenazante del macro-edificio, encadenado a los cuatro vientos, su condición primera de ámbito orientado a la naturaleza, su intrínseco carácter de afueras de la gran urbe, tal como fue concebido y plasmado por el buen sentido de sus arquitectos? Nos parece, en todo caso, lamentable la arbitrariedad, el capricho, con que muchos de los edificios de aquella área se ven, día a día, modificados por el mal gusto, sin duda, de sus habitantes y ante el silencio, nada elocuente, de quienes debieran impedir tajantemente tanto desmán.

Analicemos, más al detalle, la pervivencia de sus primeros arquitectos en el contexto de ambos núcleos urbanos, subrayando este dato revelador, cómo en uno y otro. la arquitectura posterior se vio condicionada, consciente o inconscientemente, con mejor o peor ventura, pero deforma ineludible, a la preexistente, cual si ésta hubiera impreso un carácter indeleble en los cimientos y en el área misma de su posible desarrollo. Dijimos que en el trayecto que nace en la confluencia de Serrano con María de Molina y concluye con el último río de El Viso, se halla el conjunto arquitectónico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Allí se asentaron, ayer, ejemplos de arquitectura (entre ellos. el auditorio del Instituto Escuela, debido a la acción creadora de Domínguez y Arniches) y pervive el diáfano bloque de la Fundación Rockefeller (dependencia, ahora, del citado Consejo Superior), proyectado y concluido, antes de la guerra civil, por Manuel Sánchez Arcas. La nueva ordenación de esta zona, tan cualificada y coherente, fue confiada, en la difícil década de los cuarenta, a Miguel Fisac. Donde yacieran los cimientos del antedicho auditorio, hoy se alza la Iglesia del Espíritu Santo y. tras el ábside, perdura, fiel a sí mismo, el concierto de la antigua Fundación Rockefeller. Cual si la obra extinta de Arniches y Domínguez hubiera servido de conciencia y la superviviente de Sánchez Arcas, de espejo o estímulo, la iglesia de Fisac no puede desmentir su recta afinidad a la arquitectura de sus insignes predecesores. Igualmente afín es el Instituto de Óptica, obra también de Fisac, e incluso el ciclo entero de su restante actividad por aquella zona, prácticamente ininterrumpida desde el Consejo hasta el Instituto Ramón y Cajal. Abundando en esta pertenencia, dijérase natural, de todo cuanto se alce en el ámbito de lo que hoy es el Consejo Superior, a la preclara arquitectura de la preguerra, cabría aún mencionar el Pabellón Deportivo del Instituto Ramiro de Maeztu, obra excelente de Vázquez de Castro y Iñiguez de Onzoño: siendo tan dispar y tan actual su contextura, recién inaugurada, es innegable la persistencia de una comunión con el espíritu latente de los Domínguez, Arniches, Sánchez Arcas... espíritu, hecho conciencia, quizá, estímulo y cimiento, en el espíritu mismo de aquel ámbito (que alberga y aclimata otros ponderados edificios de Mercadal, Gutiérrez Soto. Miguel Oriol...).

Juan Daniel Fullaondo ha sabido advertir, con indudable agudeza, este raro fenómeno de pervivencia o, tal vez, de osmosis esencial entre el hoy y un ayer no lejano, a lo largo y lo ancho de este núcleo urbano, tan delimitado y tan conocido. Nosotros, por nuestra parte, quisiéramos extender la analogía al otro sector de extramuros antes aludido y encarnado con varia fortuna, en el vacilante desarrollo de lo que pudo haber sido incomparable concierto arquitectónico y urbanístico, la Ciudad Universitaria. También aquí. apenas iniciada la década de los cuarenta, se procedió paradójicamente a reordenar el no mal ordenado proyecto que. en buena medida, era ya obra y obra bien hecha (algunas de las Facultades se hallaban conclusas y en otras, quedaba en pie el esqueleto estructural). Aquí, sin embargo, se desdeñó erróneamente, al menos en un principio, el proyecto original. La mentalidad triunfalista de aquel tiempo dio un viraje historicista, anacrónico, a la arquitectura del área universitaria, especialmente a la grandilocuente solemnidad del nuevo atrio (desde la plaza de la Moncloa, presidida por la majestad escurialense del Ministerio del Aire, hasta el nuevo emplazamiento de alguna Facultad o Colegio Mayor, alzados con pretendidas resonancias del Siglo de Oro). Arcos, torres, pináculos, agujas... en flagrante contradicción con la arquitectura preexistente, sustentaban, ahora, la nueva fachada del alma mater, destruían la escala urbana que con tanto esmero habían acatado los arquitectos precedentes, y procuraban al conjunto (al margen, por supuesto, de todo propósito) un sorprendente tornasol surrealista: arcos, torres, pináculos, agujas... recortando la placidez cenital del cielo, el telón de fondo de la sierra y la sombra de su propio anacronismo, orquestaban el engaño visual de un aura metafísica que para sí hubiera deseado el mismísimo Giorgio de Chirico. El espíritu, sin embargo, de la otra arquitectura latía por doquier, serenamente cimentado en el ámbito de su pertenencia, llegando, incluso, a convertirse en arquetipo de si misma, en el alzado de la Central Térmica del complejo universitario, obra, verdaderamente magistral, de Sánchez Arcas y Torroja. Y terminó, a la postre, por imponer su pervivencia. No hablamos de calidad que, en verdad, no es mucha la derrochada en los nuevos pabellones. Nos referimos sólo a la línea común que mantienen las edificaciones instauradas, tras el paréntesis triunfalista, en la planicie de la Universitaria. Hecha abstracción de la calidad de las nuevas instalaciones, en su aspecto tanto arquitectónico como urbanístico, ¿quién negará que han venido a desmentir, a través, siquiera, de su simplicidad, de su esquematismo, la incongruencia de tantos arcos, torres, pináculos y agujas, como, apenas ayer, presidían el frontispicio del alma mater, y a emparentar, todo lo remotamente que se quiera, con la arquitectura, alineada en el mismo solar, allá por los años treinta?

La Ciudad Universitaria de Madrid pudo a favor de la continuidad, haber sustentado un modelo de urbanismo y la definición más precisa de arquitectura de extramuros, incluyendo la capacidad intrínseca. , la virtud de extender si espíritu a otras áreas afines y adyacentes. Porque sin sensible solución de continuidad, el campus universitario se extendía de forma ideal (y hoy se extiende realmente) a otras parcelas semiurbanas, buscando su relación perentoria, su entrañable parentesco con la arquitectura ejemplar del Hipódromo de la Zarzuela, obra pervivente y aleccionadora de Eduardo Torroja, Carlos Arniches y Martín Domínguez. ¿Cuál no sería hoy el concierto sucesivo (arquitectura y campo abierto) de aquella vasta región, de haber perdurado e incidido en derechura el antiguo lenguaje, urbanístico y arquitectural, de la Ciudad Universitaria? ¿Dónde, otro lugar, elegido entre mil, para el despliegue de una auténtica arquitectura de extramuros? Pero volvamos al hoy, sin dejar de connotar, en el presente, un dato paradójico y lamentable: la moderna arquitectura española, hechas justas excepciones, parece ceñirse, en su desarrollo perfectivo, a una lectura inversa: el cotejo del presente en curso con la arquitectura de un pasado inminente, dijérase que señala el rumbo refregado de una extraña evolución. La Ciudad Universitaria y su natural continuidad-extramuros, hasta el soberbio capítulo del Hipódromo, ¿no se justifican, acaso, en la remembranza de la arquitectura precedente? ¿No es, por ventura, lineal y ejemplificadora su lectura regresiva, en busca de una efectiva o posible culminación? ¿No se comportan el ayer y el presente como términos inversos de un proceso evolutivo? ¿Cual es aquí el adonde y el de dónde? Algo muy semejante nos es dado corroborar, otra vez, ante la grata ordenación de la Colonia del Viso. Proyectada y construida en edad enteramente ajena a complejos, si no insolubles, problemas de circulación urbana, mantiene, en virtud de generosa previsión, su carácter de afueras aireadas, cuando las actuales edificaciones, proyectadas de cara al maremágnum del tráfico y la polución, lejos de atenuar tan vitales problemas, vienen, día a día, a acentuarlos. Amenazada, hoy, la Colonia del Viso por el cerco opresor, conserva su carácter de afueras de la gran ciudad, contrastada, en su mesura, por el desatino de una escala gigantesca, sigue respondiendo a la noción saludable de afueras, inmersos ya sus límites en el núcleo de la macrourbe, no dejan, por ello, de proclamar su condición de amables afueras. Afueras son, porque fueron meditadas como tales y. como tales, llevadas a la obra. Es su intrínseca peculiaridad (su espíritu) la que les otorga esencia y pervivencia.

Si alguien discrepa del criterio de revisión monográfica a que paulatinamente se ajustan las páginas de NUEVA FORMA, piense que no es sólo el propósito de poner en cierto orden el aluvión de historiografía patria, eL que rige nuestra mejor voluntad; hay también, un ánimo de ejemplaridad, de atención a un pasado próximo, más a manera de orientación eficaz e. Incluso, de norte o meta verosímiles, que de simple y emotiva añoranza. ¿Dónde hallar un modelo más estricto de arquitectura de extramuros que el Hipódromo de la Zarzuela? La Ciudad Universitaria, conforme a lo previsto, se distendió, llegando hoy a la altura (no, desde luego, de perfección, simplemente de proximidad geográfica) de la obra de Domínguez, Arniches y Torroja (tal es el caso de las nuevas instalaciones escolares de Somosaguas}. ¿Cuál de estos dos ámbitos, geográficamente colindantes, paralelos, inmediatos, se nos mostraría, en una lectura objetiva y serena, como mero conato renovador, y cuál como síntesis perfectiva o culminación de un proceso, de una génesis? El voto en pro del Hipódromo excluiría, sin más, vacilaciones y escrúpulos. En Madrid se han alzado, ante nuestros ojos, diversos complejos deportivos a campo abierto, incluso dos grandes estadios. ¿Puede cualquiera de ellos emular, ecológica y arquitectónicamente, la adecuación al medio y el buen orden en que descansa la magna obra de Arniches, Torroja y Domínguez, allá. en la verde pradera, circunscrita por la Cuesta de las Perdices, el monte de El Pardo, el río Manzanares y el acceso inmediato a la capital de España? Estructura y campo abierto, naturaleza derramada y aledaños de la gran ciudad, confieren al deleitable espectáculo del Hipódromo, nombre privilegiado y justa condición de arquitectura de extramuros. Allá, en la risueña placidez de la verde pradera, se alzan unos bloques, concisos, distensos, blanqueados, dictados por el don de la elección y la armonía, y, también, por la obediencia consciente, fidelísima, a la escala de la ciudad inmediata.

Si una sola nota bastara para subsumir el común denominador de la arquitectura de los años veinte y treinta, y de homologar, en el acto, su pertenencia y recta adecuación al espíritu creador de aquella edad, ninguna, posiblemente, tan aquilatada y significativa como la persistencia de una misma escala, racional, humanizada, nada hostil a la estructura de la ciudad antigua por encima de estilos peculiaridades y subjetivas estimaciones. Como anverso y reverso de una misma entidad urbana, la arquitectura de aquel tiempo del nuestro sustentan, mutuamente cotejadas la plenitud, por un lado, del orden y, por el otro, el contracanto ce la arbitrariedad, si no de la usura. Domínguez, Arniches, Torroja, Sánchez Arcas, Aizpúrua, Lacasa, Bergamín... y otros tantos nombres memorables, no dudan en destacar el ímpetu o la mesura, la provocación o el equilibrio... de sus personalidades respectivas, en la concepción y en las trazas de sus edificios. pero todos, absolutamente todos, dan fe y testimonio de su profundo respeto a la escala preestablecida, tanto cuando construyen en el casco de la población como si dejan su firma a extramuros de la gran urbe. ¿No es ésta, volviendo al ejemplo de los dos ámbitos elegidos, la condición ineludiblemente impuesta por la memoria del antiguo auditorium o por el radiante espejo del Rockefeller a la nueva arquitectura del Consejo Superior? ¿Cuál, sino ella, es la que viene a hacer consecuentes y homogéneos los edificios erigidos hoy, en el mismo solar en que se asentaban algunos y siguen asentándose otros de la edad anterior?

En las puertas mismas de la Ciudad Universitaria. puede el transeúnte admirar, hermanados en un solo edificio, lo moderno y lo castizo, lo popular y lo cosmopolita, circunscribiendo, en el perímetro de una amplia manzana, la apertura (patio, jardín, arcada, pórtico, terraza y mirador) a la alegría del convivir humano: la Casa de las Flores (que. siendo obra legítima de Secundino Zuazo, no deja de sugerir una entrañable relación, un vínculo, quizá, paterno-filial entre el quehacer del arquitecto bilbaíno y la obra más genuina de Arniches y Domínguez). La fidelidad a la escala urbana, su aceptación rigurosa en la concepción y en el pulso de la arquitectura, son las que, en verdad, provocan el milagro de aproximar y familiarizar los vastos límites de un bloque, vario y homogéneo, a la naturalidad de la contemplación y al curso mismo de la convivencia. Sólo por el empleo de una escala, adecuada al medio y al concierto de la ciudad, la magnitud del edificio, cimentado en la integridad de una extensa manzana, se humaniza y reduce a los ojos del contemplador y a la costumbre de la convivencia. A unos pasos y tras cruzar el aula solemne de la Moncloa, presidida por el Ministerio del Aire (edificio que, ajustándose, sobre todo en altura, a una magnitud no abusiva, se torna desproporcionado y anómalo, por su desdén, precisamente, al imperativo de la escala urbana, tanto en el ritmo de su crecimiento como en la relación de sus interdistancias) y traspuesto el anacronismo, ya mencionado, de algunos de los primeros pabellones, se abre el campus de la Ciudad Universitaria y la suma de las antiguas Facultades, obedientes, todas, al proyecto genuino de su contextura originaria. Ya hemos aludido elogiosamente a su aspecto arquitectónico y urbanístico. Ahora sólo queremos referirnos al evidente equilibrio, impreso en el conjunto y por encima de la peculiaridad que distingue a cada uno de los arquitectos que intervinieron en la ordenación del sector universitario. ¿A qué, sino al respeto, riguroso y unánime, al canon de una escala armoniosa en sí misma y del todo adecuada al testimonio, a la inminencia objetiva de la ciudad, puede responder el radiante equilibrio del conjunto, debiéndose cada una de las dependencias al proyecto singular de distintos arquitectos? Desde el Pabellón de Gobierno. Facultad de Medicina, Central Térmica, en los que palpita el sello personal de Sánchez Arcas, hasta la Facultad de Ciencias, de Miguel de los Santos. Filosofía, de Agustín Aguirre..., todas de diverso cuño, una misma y razonabilísima escala armoniza y homologa, a los cuatro vientos, el cómputo integral de lo que pudo haber sido ámbito aleccionador: la Ciudad Universitaria.

Una misma y razonabilísima escala perdura igualmente en el colofón o síntesis perfectiva de la madrileña arquitectura de extramuros, ejemplificada arquetípicamente en los límites precisos del Hipódromo de la Zarzuela. ¿Cuál es su intrínseca virtud y cuál su alcance en la estimación de una mentalidad auténticamente contemporánea? Nos limitaremos a decir que Zevi la distingue sobre la restante actividad arquitectónica de la España de nuestro tiempo. La Enciclopedia Italiana de las Artes confió recientemente a Bruno Zevi la glosa de la voz arquitectura. En su desarrollo, el capítulo español se ve ilustrado con una sola muestra fotográfica: el Hipódromo de la Zarzuela. Su originalidad y aquella perfecta comunión entre lo universalmente moderno y el pálpito de lo autóctono, inducen, sin duda, al lúcido exégeta italiano a elegir la magistral obra de Torroja Arniches y Domínguez, como vivo reflejo o signo ilustrativo de la moderna arquitectura española. Y es que ambas notas son, en verdad, como los co-principios que sustancian y funden en la unidad del hormigón, la patencia de una realidad resplandeciente. Antes asignábamos a la Casa de las Flores (y en ello se fundamenta realmente el parentesco aludido, entre la excelente obra de Zuazo y el quehacer acostumbrado de los arquitectos del Hipódromo) la fusión, [a arriesgada fusión, de lo moderno con lo castizo, de lo popular con lo cosmopolita. Arniches y Domínguez, entregados habitualmente a la plasmación de una síntesis tan comprometedora, llegarán, acompañados, una vez más, por Eduardo Torroja, a convertirla en paradigma de su propia acción instauradora, allá, en los extramuros de la gran ciudad. Ellos se anticiparon en su tiempo, a lo que hoy viene llamándose cultura de recuperación, no conformándose con el carácter, (explícito, por lo común, en el entendimiento de esta noción tan traída y llevada en nuestros días) de renuncia a lo propio y retorno acelerado al núcleo cultural, universalmente dominante, del que un pueblo, por peculiares circunstancias históricas, o por fatalidad o simple incuria, ha quedado descolgado; invirtiendo, más bien, los términos del problema: entrañar, no desdeñar, la pureza de lo autóctono (nunca el estereotipo del tipismo o el folklore) en la lumbre nutricia del pensamiento vivo, universal, vigente y coherente con el pulso de la historia (de acuerdo, sin duda, con los pros y los contras de la Generación del 98, cuya influencia fue decisiva en todas las manifestaciones culturales de aquel tiempo).

La mera contemplación del Hipódromo de la Zarzuela refleja, de golpe y en taumatúrgica unidad, el tornasol de lo moderno y lo castizo, lo popular y lo cosmopolita: la tensión vigorosa de las nuevas técnicas constructivas (soporte y vuelo del hormigón) y el muro enjalbegado, airosamente descrito por la sucesiva intermitencia de la arcada, del pórtico popular, cien veces abierto al aura y al frescor de la naturaleza circunstante. Este consorcio objetivo entre extremos, en apariencia tan antagónicos, responde subjetivamente a la capacidad indagadora y al buen arte de quienes lo hicieron realidad. Eduardo Torroja encarna algo más que la actitud del pionero en el empleo de las nuevas técnicas de la construcción: fue, ante todo, un investigador en sentido estricto, uno de los espíritus más avanzados en la invención de los nuevos materiales y procedimientos. Jamás, sin embargo, limitó su quehacer a la especulación teórica o a la experimentación de laboratorio. Todos sus hallazgos fueron llevados, por él mismo, a la práctica eficiente, con el concurso (fenómeno no atribuible, de igual modo. a otros espíritus audaces también, y previsores, como nuestro Félix Candela) de los mejores arquitectos que intervinieron en la ordenación del sector universitario. ¿A qué, sino al respeto, riguroso y unánime, al canon de una escala armoniosa en sí misma y del todo adecuada al testimonio, a la inminencia objetiva de la ciudad, puede responder el radiante equilibrio del conjunto, debiéndose cada una de las dependencias al proyecto singular de distintos arquitectos? Desde el Pabellón de Gobierno. Facultad de Medicina, Central Térmica, en los que palpita el sello personal de Sánchez Arcas, hasta la Facultad de Ciencias, de Miguel de los Santos. Filosofía, de Agustín Aguirre..., todas de diverso cuño, una misma y razonabilísima escala armoniza y homologa, a los cuatro vientos, el cómputo integral de lo que pudo haber sido ámbito aleccionador: la Ciudad Universitaria.

Mucho se ha hablado, por otra parte. del casticismo de Arniches y Domínguez y no tanto de su creciente empeño en integrarlo y exprimirlo a través de una arquitectura de vanguardia, del todo congruente con el curso de la historia, tanto en la concepción teórica, como en el empleo decidido de nuevos materiales y técnicas revolucionarias de la construcción. El Hipódromo de la Zarzuela entraña la síntesis enriquecedora entre dos extremos de aparente discordia y firme realidad: moles de hormigón, densas, sólidas, cimentadas insólitamente en el fresco verdor de la pradera, se tornan súbitamente leves, airosas, ingrávidas, ondulantes..., alero, ala de pájaro, vuelo de altanería. Soberbios abanicos de hormigón, desplegados como complemento o correlato o réplica viva a la efusión del lenguaje popular subyacente. modulado, arco por arco, a lo largo del pórtico soleado y blanquecino. Blancas de cal con sol llamó Juan Ramón Jiménez a estas claridades que ahora se hermanan en la sorda pujanza del hormigón y traducen el ímpetu contenido de un cálculo; ¡Oh, blanco muro de España!, le sería dado exclamar a Federico García Lorca ante este mismo muro enjalbegado, desnudo al sol del mediodía, sustentado en el trepidante equilibrio, en la audacia de una ecuación matemática y un poema popular.

Y para que no quede todo en resonancia poética, vamos a agregar un último dato socioeconómico, rectamente alusivo al tiempo y al modo de la arquitectura de extramuros, llevada a cabo por los Arniches, Torroja, Domínguez... ¿A qué pudo obedecer —preguntábamos antes— su propósito decidido (hoy fatalmente rebasado) de trasladar la ciudad allende su perímetro, en tiempos que no procuraban acuciantes problemas ecológicos, agobios de circulación, o de respiro colectivo? Había, entre otras, una razón capital: la economía del suelo, su propia minusvalía, comparada con el valor creciente de los solares propiamente urbanos y de muchas casas, prestas, en cualquier momento, a ser declaradas en ruinas. Cualquiera que hoy contemple alguna de las colonias de la preguerra (la de El Viso a la cabeza) pensará que el concierto, dictado por una escala humanizada, de bloques, jardines, setos, verjas, espacios vacíos, cientos de espacios vacíos... calles ordenadas, amplias, transitables, árboles, hileras de árboles sin término... pensará, tal vez, que se halla en un barrio residencial, aristocrático, elegido, entre mil, para el amable y difícil reposo. La madrileña arquitectura de extramuros, al menos alguna de sus ejemplos más característicos (siga el lector suscitando en su imaginación el contexto de la Colonia de El Viso), nació, muy al contrario, a favor de la minusvalía de un suelo, hallado en el suburbio y convertido en ocasión, que ni soñada, para proyectar, con una economía no prohibitiva, un nuevo concepto de la vivienda y la vecindad, a tenor de otras premisas que las que gobernaban y encarecían el suelo firme de la ciudad. ¿Se ha seguido, después, este mismo criterio? Sólo diremos que en tanto los llamados barrios de absorción congregan, al margen de toda consideración ecológica, paralelepípedos y más paralelepípedos sobre la usura del suelo, el núcleo vital de la ciudad aumenta, día a día, la plusvalía de los edificios (alzados, cada vez con mayor menosprecio por una escala humanizada y razonable) y de los solares (cada vez más prolíficos) mediante el trazado de estratégicos pasos elevados que hacen viable, más que el tráfico urbano, el acceso al sector opulento de la urbe. Vea el lector cuáles son las zonas elegidas para el alzado de los pasos elevados. Vea también cómo otros ámbitos (sea ejemplo la Gran Vía), centros, ayer apenas, de la plusvalía urbana, decrecen hoy, por la dificultad del acceso. en importancia administrativa.¿También sobre ella, veremos, en fecha no lejana, la comba del paso elevado o, bajo ella, los ojos del túnel?





NUEVA FORMA - 01/05/1971

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