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Las señoritas de Avigñón Una revolución de la imagen

El propósito de ruptura con el orden tradicional que Pablo Picasso provocara en 1907 (fija su mano en el trazo seguro de las Demoiselles d'Avignon) traía consigo el nacimiento de un orden nuevo cuyas consecuencias abarcan de lleno nuestro actual acontecer: son el entorno renovado, renacido, moderno, el paisaje nuevo de nuestro presente. A partir de Picasso se inicia el desarrollo de nuestras nuevas sensibilidad y estimativa, de nuestra renovada visión tanto de las cosas como de nuestra propia historia.

Quienes aún polemizan en torno al artista malagueño o discuten la validez de su arte (¡la eterna y pueril cantilena de que Picasso vino al mundo con la única misión de burlarse del vecino!) no suelen pararse a meditar que más de una vez el lugar mismo (aula, salón cafetería, supermercado o aeropuerto) en que la conversación se desarrolla o estalla el anatema ha sido paradójicamente diseñado y construido de acuerdo con premisas picassianas, más o menos bastardas o genuinas, rectas o colaterales, pero en última instancia picassianas (fue el mismísimo Le Corbusier quien en cierta ocasión reconoció que toda su arquitectura se debía a un bodegón de Picasso).

"Picasso: en este nombre simbólico - escribe Jean Cassou - ha resumido el público todo el asombro y toda la indignación que le inspira el arte moderno". En realidad, el público ni se asombra ni se indigna. Son otros los portaestandartes de la indignación : aquellos que ven en el arte moderno y en el símbolo picassiano la frustración definitiva de un pasado que ellos desearían imperecedero, la no retroacción a un ayer que ellos quisieran imponer, a modo de dique, en el curso fluyente de la historia.

Y en verdad que actitud aparentemente tan pueril es digna de atención y estudio. La violenta indignación ante el arte moderno, y más aún ante el símbolo picassiano, encubre la afirmación rotunda de aquél y pone de relieve la trascendencia de éste en su feliz (para ellos infausto) e ineluctable despliegue. ¿Habían, en otro caso, de indignarse tan ostensiblemente ante el surgimiento y el triunfo del arte moderno ? ¿Por qué habían de lanzar, de otro modo, el anatema contra el nombre de su primer y más genuino impulsor ? Su indignación obedece a la vigencia real de unas categorías, formas y estructuras que imposibilitan el retorno, la añoranza misma, del pasado glorioso. Recae sobre la cabeza de Picasso toda la fuerza de la execración porque ellos (los indignados) saben muy bien que fue el genial malagueño la cabeza, el ariete, la causa primera de esta irreparable grieta en el muro de la historia.

La coherencia del arte contemporáneo con la restante realidad coetánea ofrece, por otro lado, escasas dudas. Esa congruencia del arte nuevo con el pulso de la historia contemporánea es un hecho incuestionable, manifiesto por vez primera en las dimensiones de una obra concreta (las Demoiselles d'Avignon) y desarrollado después por la acción arriesgada de un puñado de grandes artistas.

Fueron estos artistas de un ayer cercano (Picasso y sus gentes) quienes supieron divisar, con pasmosa antelación (la plasmación concreta de las Demoiselles d Avignon antecede en diez años al estallido de la revolución rusa), el cuándo y el cómo de una expectativa inminente, de un nuevo modo de realidad y de vida. "Sólo Picasso - exclama Gertrude Stein - ha advertido que la realidad del siglo XX nada tiene que ver con la del siglo XIX, y lo ha hecho pintando'. Picasso ha abierto paso a la visión de una era renacida, de una renovada concepción del hombre y la sociedad, y se ha entregado a divulgarla sin demora, y sin el concurso de otros manifiestos ajenos a su quehacer : "lo hizo pintando".

¡Muera el buen gusto!, gritó Picasso mientras se afanaba febrilmente en plasmar sobre la contextura misma de sus Demoiselles d'Avignon (p. 8 en color) la mayor osadía que hasta tal día conociera ni imaginara jamás la historia del arte, descubriendo en su faz su propia contrafaz, el grito sin sordina de lo vedado, la descarnada exhibición, oculta durante siglos, de lo inconveniente, de lo no propicio al refinamiento, al éxtasis o al lujo, ni tampoco al ornato, al boato, al decorum.

Quede así apenas esbozada la fuerza provocadora, agresiva, que en derechura llega de¡ lienzo picassiano a los ojos de quien lo mira. La rotunda negación del buen gusto, que poco después harían suya futuristas, dadaístas, expresionistas..., ha sido primigeniamente plasmada por Picasso no en la letra de un desenfadado manifiesto sino en la paciente prosecución de una obra, en el esqueleto y en la mueca de las Demoiselles d'Avignon, cuya sola presencia sugiere mayor provocación que todas las imprecaciones impresas en la crónica de las vanguardias de este siglo.

"Picasso es historia", podemos muy bien decir. Picasso es la historia de nuestra historia, la historia de nuestro trasplante y nueva incardinación en el mundo, la historia de nuestra propia mirada. "Porque él ha venido al mundo - cabe concluir con Rafael Alberti - para sacudirlo, volverlo del revés y ponerle otros ojos".

Cuentan sus biógrafos que, apenas esbozado el retrato que Picasso le hiciera en 1906, no pudo reprimir Gertrude Stein su admiración. Exigió Picasso otras ochenta y tantas sesiones, a cuyo cabo y luego de corregir y aun borrar la mayor parte de la obra, abandonó París por unos meses para, de retorno y sin el voto ni la presencia siquiera de Gertrude Stein, rehacer y concluir definitivamente el lienzo. Cuando ella contempló el nuevo retrato, no pudo reprimir la sorpresa ni tampoco disimular sus más que fundadas dudas en cuanto al parecido. Picasso - agregan algunos biógrafos - se limitó, señalando el retrato, a sugerir : "No se preocupe, algún día usted se le parecerá". Muchas son las interpretaciones que se han dado a la célebre respuesta de Picasso. ¿Por qué no entenderla en su escueta plasticidad y con aquel carácter directo, sensitivo, nada teorizante que rezuman sus opiniones y a que se atuvo su quehacer ?

Las Demoiselles d'Avignon sintetizan todos los escarceos picassianos, probados en torno a la imagen y semejanza del hombre a lo largo de 1906 ; definen por sí solas la refutación sustancial del pasado e iluminan una edad renacida en la que gesto y mirar humanos otean, sorprendidos hasta el asombro, el confín de un nuevo horizonte.

"Algún día se parecerá usted a su retrato". Ese día, el gran día de la subversión de los valores anunciado por Picasso en los albores de 1906, va a cumplirse, un año después, en el testimonio irrevocable de las Demoiselles d'Avignon. Todo semblante será, a contar de tal hora, esencialmente afín al de ellas y al de su hacedor ; porque el hacedor ha elegido sin titubeos su propio semblante, lo ha desguazado y recompuesto en la violenta sacudida que deja en cueros y en huesos a esas cinco patéticas figuras.

¿Quién no sorprende en el Autorretrato del pintor con la paleta de 1906 (p. 2) el espejo verosímil de las dos figuras centrales que miran y contagian su mirar a sus otras tres compañeras en el frontispicio insultante de las Demoiselles d'Avignon ? (Véase la p. 13).Uno mismo es el gesto, idénticos los ojos, semejante la faz, análogo el tono... El cotejo se le ocurre a uno del todo obvio e inmediato, al alcance de quien quiera probarlo por sí mismo. Basta con yuxtaponer la faz del Pintor con la paleta (u otros cuantos autorretratos de ese mismo 1906 o de 1907) a la faz de las dos señoritas que ocupan el centro de la escena, para descubrir su propia y mutua réplica.

Si el objetivo era, en el espíritu de Picasso, la demolición de la vieja imagen (imago et similitudo) del hombre, Picasso ha elegido su propia faz para en ella perpetrar el mayor de los agravios que luego habrá de ser reparación cumplida y precursora de toda una era de la humanidad. Picasso ha elegido, sin reticencia, la respuesta fidedigna de su rostro, la identidad civil de su retrato. ¿Dónde hallar, a la hora expectante del gran experimento en torno al semblante humano, un rostro más afín, próximo, familiar, hermano gemelo de sí mismo, que el rostro imperturbable del espejo ?

Picasso es, pues, historia, tanto por la sistemática refutación del pasado como por la gran brecha que las Demoiselles d'Avignon abrían y siguen abriendo en el muro del porvenir. Si ayer no tuvo Picasso piedad alguna para con su propio precedente y su propio semblante, tampoco hoy tendrá miramientos de cara al caudal rebosante, al precipitado de la historia. Picasso ha sido el hondero feroz, implacable, inmisericorde, que ha desmoronado, de norte a sur, el ventanal de la edad antigua para instaurar a partir del escombro del vidrio fracturado un semblante nuevo y un nuevo paisaje. Bajo el zigzag centelleante de las Demoiselles d'Avignon ha dejado las trazas fundamentales de un rostro nuevo al que, a partir de ahora, usted (y usted y usted...) se parecerá. Porque a él han de asemejarse todos los rostros, comenzando por el de su hacedor, y de su contextura se irá conformando la mirada nueva del hombre, su nueva perspectiva sobre la realidad, su renacida facultad de estimación, el pulso mismo de su costumbre.

EL CORREO DE LA UNESCO - 01/12/1980

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