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EL CUENTO Y LA MORALEJA

Reserva nuestra lengua el tílulo de “pedigüeño” a quien pide con frecuencia e importunidad, o ambas cosas a la vez por resultar esto consecuencia, casi siempre, de aquello. El verbo castellano «pedir» procede del latino «petere», que a su primer significado de «dirigirse» o “encaminarse” agrega la acepción segunda de "atacar” o “hacer la guerrea”. De lo uno y lo otro diría yo que nace (en tanto que en palabra y en cuanto que práctica) el «pedigüeño»; ese personajíllo, adherente y taladrante, que va y viene contumaz e insensiblemente agresivo por el barrio; ese tipejo vil al que, llegada la Navidad, todos nos parecemos por la gracia o la desgracia de una tradición en la que cuentan ni más menos que tres reyes orientales.

«¿Qué les vas a pedir a los Reyes?» De boca en boca va y viene por la barriada la pregunta. Dado por seguro que hay que pedir, cada uno indaga la petición del otro lejos de toda indiscreción o impertinencia y en la seguridad de que en nada ha de afectar a su necesidad verdadera. No basta con solicitar la gracia. El rito exige que el presunto agraciado la haga, por esencialmente superflua, clamorosamente pública. Se iniciaron las Fiestas, en la Nochebuena, con la manifestación de un común deseo de felicidad; prosiguieron, en la Nochevieja, con la expresión de un voto de prosperidad... y a concluir vienen, en la noche de Reyes, con una petición innecesaria, infundada, gratuita, que ni sacada de un cuento de hadas. De hadas era el candoroso cuento de Andersen con que Televisión Española trató de hacernos grata (¡no todo ha de responder a amarga evocación calvinista!) una de las pasadas noches navideñas. Disputaban en el relato el hada de la alegría y el hada de la tristeza acerca de la posible felicidad humana consistente cu ver cumplida, apenas formulada, cualquier petición. ¿Llegó alguien a ser

feliz por tal vía? Nadie. Todos pedían mucho..., pero mal, errando en el objeto, en la forma y la circunstancia de la petición misma. Imploraban todos lo diametralmente ajeno a su verdadera necesidad, y a nadie se le ocurría, para desconsuelo de ambas hadas, plantear al revés el caso; dar algo (siquiera algo) antes de pedir poco o mucho.

A la luz del delicioso cuento de Andersen, el hallazgo de la felicidad radica en ajustar el pie a la horma y correspondencia de su otro compañero de andanza. Sólo sabe lo que es pedir el que sabe lo que es dar. Merezcan los demás consideración, digo, de «pedigüeños». Tal y no oirá parece la horma y la norma de la autentica felicidad, que o es compartida o no es felicidad en absoluto. Si no son muchos los que encuentran la ocasión de calzar los «zuecos dadivosos», menos son aún los que la aprovechan sin cojear del mismo pie en plena correría; que tan infeliz resulta el que, ahogado por propia necesidad, implora lo superfluo como el que, obtenido el favor público, lo hace excluyente, privativo... y poco menos que inexistente.

De todos los cuentos de Andersen tal vez sea el más ejemplar un episodio de su propia biografía. Cuentan que, siendo ya famoso, fue recibido en audiencia por el rey de Dinamarca, quien a la hora de la despedida le dijo: «Sí algo necesitas, no tienes más que pedírmelo.» «Gracias, señor —respondió el poeta—, no necesito nada.» Y como alguien tildara de insolente y pueril su actitud frente a la gentil promesa regia, vino Andersen a zanjar la disputa con estas llanas palabras: «Pareceré irónico, pero la verdad es que no necesito absolutamente nada.¿Moraleja? Tan real como la vida misma: quien a rey o a Roque pide por pedir, esto es, fuera de razón o necesidad, sea calificado (o descalificado) como impresentable pedigüeño.

DIARIO 16 - 05/01/1987

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