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El viaje y el kimono

IBAN en un avión...» Tal era el preámbulo, la «fórmula épica», de una serie de chistes que allá, por los años cuarenta, corrían de boca en boca (a falta de mejor bocado) entre las hispánicas víctimas de la «conjura», el «bloqueo» y la «pertinaz sequía». «Iban en un avión un inglés, un francés, un alemán y un español...» ¿El resto de la historieta? Cada uno de los pasajeros foráneos mostraba su particular temple ante una situación imaginaria y más o menos atrevida, para que nuestro portavoz ocasional zanjara el lance con la guinda de una bravata en pro de eternos valores y virtudes raciales. No ha hecho falta, esta vez, la referencia extranjera. Se han bastado los nuestros a la hora de reanimar purgo por punto (y con portavoz oficial) el chiste de antaño.

«En el “Azor" ya habríamos llegado», declaró el presidente al sonar la «hora nona» (o las «diez y sereno»)de un viaje en alas de la improvisación, por no decir de la aventura y eI riesgo. ¿Trataba González de airear (que por el aire y en avión discurría el festejo) el viejo reclamo de Iberia? Ni siquiera el portavoz oficial atinó en la respuesta, preocupado como andaba en saber que se decía del suceso en los hogares españoles. ¿El ministro de Asuntos Exteriores? Cuentan que puso cara de «a mi, que me registren”. En su propia realidad, en su mismo hacerse, la escena del avión presidencial y acompañantes llegó a identificarse con la del chiste cuando Julio Feo acalló al diligente informador con la guinda de la consabida bravata: «Mira cómo tiemblo.»

Para contar las gracias de dentro ha sobrado, esta vez, el concurso de fuera. Al fin y al cabo, y por gracia de una firma, somos ya el extranjero. Mal parece, en cualquier caso, que el presidente se queje de la crítica (unánime) de los de tierra a los del avión. ¿Se ha atendido en exceso a cuestiones de forma con olvido intencionado de los problemas de fondo? Diga lo que diga González, cruzar el cielo de un país en guerra y de otro sumiso al Pacto de Varsovia sobrepasa, y con creces, el molde de las formalidades, como igualmente lo excede el llegar con ocho largas horas de retraso a una tierra en que lo valiente y lo cortés corren feliz pareja (y quede para los anales la peregrina comparación del Museo de los Guerreros con el Metro de Cuatro Caminos -n hora punta).

Iban en un avión el presidente, el ayuda de cámara (o de imagen), el portavoz, el ministerio, el filósofo posmoderno, el promotor del chupa-chup, el apologeta de la belleza de la arruga... ¿El representante supremo de los empresarios? Castigado en tierra, cara a la pared, por tirar tizas al «profe». No hay indicios de que en el avión presidencial se hablara de la labor universitaria llevada a cabo en China por jesuitas españoles o se trajera a colación el nombre de nuestro San Francisco Javier, el primer europeo, posiblemente, que habló y escribió en lengua japonesa (lengua que él, por su intrínseca dificultad, llamó «del diablo»)¿Envidiable testimonio de vinculación histórica y carta, que ni soñada, de presentación cultural? Cosa, a la postre, de curas.

Tras haber sido nombrado en China «nuevo sol naciente de Occidente» (si un día nos visita el señor Deng Tsiao-Ping sea nombrado, a la recíproca, «nuevo sol poniente de Oriente»), Felipe González compró o Ie regalaron (no lo sé bien) una creerte de pijama o kimono de ara traza y uso complicado. Y al vez sea éste el logro más granado de su viaje, sin desdeñar los contratos traídas en la manga, y no precisamente en la de la prenda referida. «¡Bajo la manga del kimono!» es una

Expresión nipona rectamente alusiva, como días atrás explicaba Antonio Alférez, al soborno, a la corrupción, a la falta de transparencia. Ya lo sabe el señor presidente. Cuando le asalte la sospecha en torno a distracciones o evasiones, toque la manga del presunto o clame a voz en grito: ¡Kimonos fuera!»

DIARIO 16 - 16/09/1985

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